Refugiados

Hace pocos días se celebró en Murcia una marcha a favor “de los refugiados sirios “. Los convocantes, plataformas y asociaciones varias, reclamaban que se cumpla el “acuerdo” alcanzado entre no sabemos quiénes para que en España encuentren acomodo en términos de refugiados 17.000 ciudadanos sirios, cuyo país sufre la barbarie de la guerra.

Creo que está bien ayudar en la medida de las posibilidades de cada uno a quien necesite ayuda. Creo en la solidaridad voluntaria. Y creo en el sentido común y en las leyes naturales. Ahora bien, la historia de la humanidad está jalonada de buenas intenciones que nos condujeron al lugar contrario de donde se pretendía.

Más allá de la consideración que pueda tener sobre los responsables de la convocatoria, mayoritariamente jóvenes con cero experiencia laboral, cero creación de riqueza y cero en capacidad de intuir las consecuencias de sus deseos, me quedó claro que el país está en manos de auténticos mendrugos.

Los movimientos migratorios de masas al azar, sin prevenir sobre las consecuencias que estos tienen sobre los migrantes y los naturales del lugar al que acuden, suelen acabar mal si no se atienden a ciertas necesidades, como la garantía de que haya recursos necesarios para incluir socialmente a los recién llegados,  o que estos se integren sin conflictos culturales dentro del orden y costumbres establecidas.

Como para mí casi todas las respuestas están en el conocimiento acumulado, y este se puede encontrar en los libros, recordé de inmediato un ensayo filosófico escrito por José Luis villacañas Berlanga, titulado “Los latidos de la ciudad; una introducción a la filosofía y al mundo actual”, editado por Ariel, de cuyo contenido extraigo lo siguiente, para que cada cual piense por sí mismo. Para contextualizar, advierto de que el autor está hablando de aquellos europeos que en masa se trasladaron a una joven ciudad llamada Nueva York.

“…Los hombres no van de un sitio a otro para infundir lástima, para exhibir su holgazanería, sino para buscar oportunidades de una vida mejor basada en el trabajo. La humanidad en ellos, como en nosotros, se manifiesta en que nos queremos ganar nuestro pan. Por eso, los emigrantes a Nueva York fueron ejemplares: llegaban huyendo de una humillación, pero no querían caer en otra. Llegaban de una opresión, pero no querían hundirse en una vida que no fuera libre. Por eso, una sociedad que quiera seguir manteniendo unas pautas de dignidad en su seno, tiene derecho en principio a exigir a los que vayan a ella su disposición a realizar un trabajo útil…”

Obviamente, quién en su sano juicio se puede negar a ayudar a sus semejantes en un trance delicado. La cuestión no es esa, sino cómo se puede ayudar a unos en detrimento de otros, o de nosotros mismos, poniendo en riesgo nuestros propios proyectos vitales, individuales y colectivos.

La generosidad a cuenta ajena suele ser la más desprendida. En esto, los amigos del paraíso en la tierra sin pegar sello, son unos fenómenos. Aquí añado otro párrafo del mismo libro.

“…Si una sociedad entrega confianza a personas que no son competentes, que no tienen acreditado el trabajar bien, en cumplir sus pactos de trabajo, entonces, más pronto que tarde, toda la sociedad se hunde en las arenas movedizas de la confusión y la mentira…”

Piensen, ¿a qué le suena esto?

G.R.

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2 comentarios en “Refugiados

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